martes, 21 de octubre de 2008

Mi primer día de colegio


Todavía recuerdo aquel día como si fuera hoy, mi primer día del “cole”. Ese día fue horrible, no me quiero ni acordar. Eran las 8h de la mañana cuando mi madre me despertó, yo pensaba que era una pesadilla, ¡pero no!, lo que estaba sucediendo era cierto, tenía que levantarme para ir al colegio, ¡qué horror!

Lo primero que hice fue lavarme la cara, para asegurarme de que estaba bien despierta, a continuación me desayuné una gran taza de leche, de la marca “Millac” que tantas energías me proporcionaba para mi primer y duro día de colegio, me la tomé con un pedazo de pan recién hecho que traía cada día por la mañana mi panadera Dª Fina, yo siempre lo untaba en mantequilla, ¡mmm…! me encantaba este tipo de desayuno.

Una vez desayunada, me fue rápidamente a mi habitación para prepararme, mi madre para ese día tan especial me compró un horroroso traje de flores azules y verdes, lo odiaba, puesto que a pesar de ser tan extravagante y colorido tenía una especie de babero con encajes y a mí me daba la sensación que me estaba vistiendo como una verdadera niña pequeña. A todo esto se le unió el espeluznante peinado que me hizo mi madre, fue una coleta alta que formaba una especie de palmera y aún así me “engrifó” todo el fleco para poder ver con claridad ya que lo tenía un poco largo y me molestaba al ver.
Recuerdo que en la mochila me puso mi madre un jugo de melocotón y un sándwich de nocilla, que también le encantaba.

Eran las 8.40h cuando salí de mi casa, me que quedaba un largo camino por emprender para llegar al colegio. Quedaba bastante lejos de mi casa y tenía que ir caminado, todavía recuerdo aquel día frío. Cuando llegué al colegió habían muchos niños y niñas, muchos de ellos lloraban sin parar porque no querían entrar a clase, pero otros no veían la hora de entrar al colegio y jugar y poder relacionarse y hacerse amigos de otros niños. Yo era una de esas, estaba ansiosa por entrar a clase y ver que había en ese mundo desconocido para mi y poder hacer nuevos amigos.

Tocó la sirena a las 9h., muchos, entraron al colegio solos, con ganas de diversión y de forma apresurada, pero otros tuvieron que entrar con sus madres porque no querían despegarse de ellas. La señorita Dª Andrea (mi maestra) intentaba distraer a aquellos niños que lloraban para que sus madres se pudieran ir, les repartía juguetes o les contaba cuentos y cuando ellos estuvieran entretenidos, estas aprovechaban para poderse ir, pero en cuento los niños se daban cuenta de que sus madres no estaban comenzaban otra vez a llorar y a gritar ¡mamá vuelve! A mí me gustaba la maestra Dª Andrea, se veía muy buena y cariñosa con todos los niños, incluso con los más ruines, que le hacían la vida imposible. Ella era una señora de unos 35 años aproximadamente, de estatura media y delgada, su pelo era largo y de color negro azabache, sus ojos eran pequeños, pero de un color similar al de la miel lo cual nos transmitía ternura.

Tras esa dura mañana de juegos y de aguantar a mis compañeros “lloricas” tocó la hora de ir al recreo, recuerdo que sonó una sirena, todos nos quedamos sorprendidos porque no sabíamos lo que estaba pasando, muchos de ellos pensaron que estaba el camión de los bomberos muy cerca de allí y se asustaron mucho, pero no, era el sonido de la campana que significaba, ¡recreo!. Yo alegró mucho, puesto que, pensé inmediatamente en ese magnífico desayuno que me esperaba en mi mochila. Desde que llegué al patio no pensé ni en jugar, sino tan sólo en comerme ese sándwich relleno de nocilla, que me lo comí de cinco bocados y me ensució toda la boca. Minutos después me di cuenta de que algunos niños me miraban y se reían sin parar, yo no sabía lo que pasaba, no entendía porque se reían, pero luego llegó mi salvadora, mi maravillosa maestra. Me cogió de la mano y me llevó al servicio de niñas y entre sollozos le pregunté que porqué los demás niños se reían de mí y ella tan buena, con una pequeña sonrisa en su cara me explicó lo que sucedía y me limpió la boca. Tras esa media hora de recreo regresaron al aula, otra vez a seguir jugando hasta que se hiciera la hora de irnos a nuestras casas.

Cuando tocó de nuevo la sirena para irnos a nuestras casas, todas las madres, incluido la mía, estaban esperando en la puerta del aula para volver de regreso a nuestras casas. Recuerdo que durante el camino hacia mi casa mi madre me preguntó que como me lo había pasado, que si me había divertido y yo le contesté con un sí rotundo, ¡que adoraba el colegio!, yo quería volver otra vez porque habían muchos juguetes y niños con los que podía jugar y divertirse, pero mi madre me explicó que la escuela no sólo era para jugar, sino también para aprender.

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